La primera vez que vi a Carlota, supe que su historia no sería fácil. Me llegó un mensaje urgente sobre una gatita que había sido brutalmente atacada por perros. Su pequeña columna había quedado destrozada, dejándola sin movilidad en sus patas traseras y con serias dificultades para hacer sus necesidades.
No dudé. A pesar de la distancia, la traje conmigo, porque sabía que sin ayuda, su destino estaba prácticamente sellado. El viaje fue largo y agotador, pero cuando la tuve en mis brazos por primera vez, supe que había valido la pena. Sus ojos reflejaban miedo, pero también una inmensa voluntad de vivir.
Los primeros días fueron complicados. Las secuelas del ataque la hacían vulnerable a infecciones, especialmente urinarias, y cada día era una lucha para mantenerla estable. No podía controlar su vejiga ni sus intestinos, y eso la exponía a constantes riesgos. Pero rendirse no era una opción.
Busqué la mejor manera de darle calidad de vida, y fue entonces cuando tomé la decisión de contratar a una persona que la cuidara todos los días. Alguien que pudiera vaciar su vejiga manualmente, mantener su higiene impecable y asegurarse de que no desarrollara infecciones.
Gracias a ese esfuerzo, Carlota comenzó a vivir con dignidad. Su espíritu se fortaleció, y a pesar de su condición, se convirtió en una gatita cariñosa, juguetona y llena de vida. Aunque nunca podrá valerse por sí misma, sé que mientras tenga los cuidados necesarios, podrá disfrutar de una vida sin dolor ni complicaciones.
Así será para siempre. Carlota nunca dejará de necesitar ayuda, pero mientras yo esté aquí, mientras tenga a alguien que la cuide con amor, jamás conocerá el abandono ni el sufrimiento de nuevo.
Su historia es una prueba de que la vida, por difícil que sea, siempre merece ser vivida con amor y respeto.